La simulación política: el negocio que nunca se detiene

En la política mexicana no existen los tiempos muertos. Lo que existe es la simulación.

Cuando no hay elecciones, los actores políticos no desaparecen: se esconden. 

Se repliegan del ojo público mientras, en lo oscuro, negocian posiciones, reparten espacios y preparan la siguiente jugada. 

El silencio no es prudencia, es estrategia.
Regidores, diputados y funcionarios de todos los niveles entran en modo discreto.

No porque no estén haciendo política, sino porque la están haciendo donde más rinde: lejos de la gente.

Pero basta con que el calendario empiece a moverse para que ocurra el espectáculo de siempre.

Los mismos de siempre.

De pronto, aparecen. Se dejan ver. Caminan colonias que nunca pisaron, saludan manos que antes ignoraron y reparten apoyos como si descubrieran, apenas, que existe la necesidad. Se visten de cercanía, de humildad, de compromiso social. Una transformación conveniente… y temporal.

La caridad se vuelve campaña.
La gestión, propaganda.
Y el ciudadano, otra vez, espectador.

En ciudades como Tijuana, este patrón no solo se repite, se perfecciona. Las zonas con mayor rezago se convierten en territorio electoral anticipado, donde los apoyos llegan con timing político y los liderazgos comunitarios son medidos más por su capacidad de movilización que por su trabajo social.

Mientras tanto, en otro nivel —el que no se publica— se está jugando la verdadera partida. Ahí donde se compran lealtades, se reclutan operadores y se amarran estructuras. 

Liderazgos territoriales que se mueven no por ideología, sino por cálculo. Por quién paga mejor. Por quién garantiza más.

Porque sí: la política también es dinero. Y negarlo es ingenuo.

Aspirantes que buscan padrinos.

 Funcionarios que impulsan “proyectos” con rostro ajeno. Recursos que fluyen con discreción, pero con objetivos muy claros: asegurar posiciones futuras. Todo bajo acuerdos que nadie firma… pero todos entienden.

Y entonces llegan los “destapes”.

Hombres y mujeres que, sin rubor, se asumen como la mejor opción. 

Como si el cargo fuera una consecuencia natural de su voluntad y no de una red de compromisos que se viene tejiendo desde mucho antes.

No es vocación. Es operación.
Y en medio de todo, el ciudadano recibe lo de siempre: migajas envueltas en promesas.

Porque mientras la política siga siendo un juego de simulación, donde se aparenta servir pero se negocia para ganar, el fondo no cambia. Solo cambian los nombres, los rostros… y los discursos.

El problema no es que jueguen.
El problema es que ya saben que nadie les está cobrando la factura.

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